“Calles salvajes”. Una reflexión

Por Oscar Taffetani

Los medios de comunicación de masas (y particularmente, la televisión) construyen eso que un pensador dio en llamar presente absoluto: no hay otra cosa que eso que se muestra. Y eso que se muestra, aunque visible, es ininteligible. Pero además, establecer relaciones o continuidades, tal como sucedia en una profética novela de Orwell, está prohibido.

Así, podemos ver en la televisión playera un concurso de “colas” adolescentes, por ejemplo, a cuál más sensual o más seductora. Y horas después, la misma pantalla nos alertará sobre un depravado o un violador serial que cuando se retira el sol de la playa (y se empañan las lentes de las cámaras de vigilancia), ataca justamente a las adolescentes. Dos “noticias” distintas. Dos “realidades” distintas.

En el programa “Soñando por Bailar”, equivalente al torneo de ascenso de “Bailando por un Sueño”, se recluta a chicas y chicos que por cualquier circunstancia miden bien en la pantalla (es decir, arrancan odios, amores, aplausos o llamadas a los 0600). Los que pasen de las inferiores a la primera división, tendrán su minuto de fama y su oportunidad. “Vos podés ser una de ellas; o uno de ellos”, es el tácito eslógan. Y un público juvenil muy numeroso compra eso (porque un presente absoluto de estupidez es siempre preferible a un presente absoluto de violencia y de crimen). Sin embargo, allí también está prohibido, so pena de ostracismo y excomunión cultural, establecer continuidades o relaciones.

Pasemos ahora al cine, a ese cine mediado por la TV, y veamos cómo Robert De Niro, haciendo de Al Capone en la película “Los Intocables”, le rompe la cabeza con un bate de béisbol a un traidor de su organización. O veamos cómo Michael Douglas, encarnando a un empleado del Ministerio de Defensa que tiene su “Día de Furia”, le rompe el local a un inmigrante chino de los Los Angeles, también con un bate de béisbol. Luego, veamos al hispano de Holliwood Miguel Sandoval haciendo de Ernesto Escobedo, un narco colombiano, en el film “Peligro Inminente”. Allí también usará un bate de béisbol para descargar su enojo sobre las cosas. Finalmente, escuchemos o veamos en un noticiero –como pasó esta semana- que un grupo de jóvenes alcoholizados bajaron de un automóvil con un bate de béisbol y asesinaron a otro joven alcoholizado en la calle, sin ningún motivo especial, tan sólo porque el bate de béisbol (y el alcohol) les estaban pidiendo acción.

A esta altura del bombardeo, la cabeza de un televidente, alcoholizado o no, es una suerte de coctelera en donde se mezclan realidad y ficción, drogas y violencia, impunidad y crimen. La esquizofrenia (o la locura) de la televisión, arriesgamos, no hace más que expresar la esquizofrenia de un Estado que mata con esa misma mano que debería estar allí para proteger, que hambrea con el pecho con el que debería alimentar, y que deseduca con esos mismos medios con los que debería educar.

Ley Seca y después

Aunque representada inicialmente en el personaje mesiánico de Carrie Nation (una militante anti-alcohol que destrozaba a palazos las tabernas, al comenzar el siglo veinte), la XVIIIa. Enmienda de la Constitución norteamericana (también llamada Ley Seca) se impuso en 1919 no por motivos religiosos, sino por necesidades del capitalismo industrial. La adicción masiva al alcohol en los más humildes (como compensación de jornadas de trabajo inhumanas), estaba causando una merma sensible en la capacidad de trabajo de los obreros activos y también en ésos que militan en lo que el marxismo llamó “ejército industrial de reserva”, un ejército que garantiza la sobreoferta de trabajadores y consecuentemente la depresión de los salarios. Dicho de otro modo: el alcohol excesivo no era malo porque podía matar a las personas y desintegrar a las familias. Era malo porque comprometía la producción industrial y las ganancias de los empresarios.

Eso sí, la prohibición total generó –no podía ser de otro modo– un mercado subsidiario de contrabando de alcohol, agregándose a los otros rubros del crimen organizado. Asi surgieron gangsters como Al Capone, Lucky Luciano y Dutch Schultz; gangster que Hollywood no tardaría en aprovechar para su propia industria.

La XVIIIa. Enmienda (Ley Seca) fue derogada en 1933 mediante la XXIa. Enmienda (Ley Húmeda, si se nos permite la broma), que permite el consumo de alcohol dentro y fuera de los hogares de los Estados Unidos.

Este relato que hicimos sobre la Ley Seca viene a cuento de otras leyes más inteligentes y específicas que han debido adoptar distintos Estados occidentales para prevenir la adicción masiva al alcohol, particularmente en los jóvenes, y reducir también así (aunque siga sin actuarse sobre las verdaderas causas) los niveles de violencia y criminalidad.

El último ejemplo que podemos citar, al respecto, es la llamada Ley Antibotellón española, que previene sobre un hábito casi suicida de los jóvenes, en las salidas de fin de semana. (Aunque, repetimos: la causa profunda del escapismo, el malestar y el instinto suicida de una parte de los jóvenes debe verse en la quiebra material y moral del mundo en que viven, antes que en las propiedades del alcohol y de los narcóticos).

Responsabilidad social

La psicóloga argentina Alejandra Lacroze viene desarrollando desde hace tres décadas programas de investigación, divulgación y prevención del alcoholismo, particularmente entre los niños y los jóvenes. Nos permitimos rescatar de una de sus conferencias un par de conceptos que nos ayudarán a leer de otra manera cierta información que (no casualmente) llega dispersa:

“Los jóvenes –dice Lacroze– son la población más afectada por situaciones de violencia  (abuso: físico, sexual , verbal y emocional o abandono), sea como testigos, como víctimas de la agresión o como agresores. Y ciertos entornos aumentan la posibilidad de conductas violentas: es mayor la probabilidad entre varones, durante la noche, en lugares donde se vende alcohol. Se trata de entornos específicos –ambientes de alto riesgo– y las políticas  gubernamentales deberían preocuparse de esto”.

“La prevención –agrega– debe enfocarse en todas las circunstancias de la vida de  los jóvenes. Los problemas aislados no pueden solucionarse sin ‘resolver’ las  circunstancias que los rodean. Y en esto el Estado tiene un rol  indelegable”.

Ahora, volvamos a esta televisión que supimos conseguir. En una de las grillas en donde se anuncia la programación de otoño, aparece “Calles salvajes”, un reality de América TV animado por el actor-periodista Martín Ciccioli, quien suele internarse en barrios peligrosos, a horas peligrosas, para hacer que los auténticos protagonistas se muestren y expresen, sin cortapisas ni censura.

En ediciones anteriores de “Calles Salvajes”, público de distintas edades ha podido ver cómo muchachas alcoholizadas son retiradas de los boliches e introducitdas en automóviles que parten con rumbo desconocido; o cómo un borracho joven se pelea con otros y es golpeado hasta quedar tendido en la vereda, todo sin que la patrulla policial presente haga otra cosa que contemplar la escena, de un modo casi budista, o llamar por handy a una ambulancia, cuando la pelea terminó y hay manchas de sangre en la vereda.

“Martín Ciccioli –dice el avance televisivo- recorre las calles para mostrar cada semana lo que ocurre, con los mejores informes. Porque si pasa en las calles, pasa en Calles Salvajes”.

Volvamos ahora a la reflexión del comienzo y preguntémonos si nuestros medios de masas –y particularmente, la televisión– no podrían hacer algo más que “mostrar” todo eso terrible que pasa en las calles de la ciudad cuando el Estado, con aviso o sin él, se ausenta.

Inteligir, interpretar, informar, educar, además de entretener. De eso se trata, cuando hablamos de televisión. Resultaría muy sencillo (y muy hipócrita) decir que el Estado “no funciona” y que todo se resolvería si el Estado “funcionara”. Porque todos nosotros —empecemos por los periodistas— somos responsables de este Estado en mal estado. Y de estas calles salvajes.

Oscar Taffetani

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